sábado, 7 de agosto de 2010

Martín en Valparaíso

Traté de pedir una botella, pero me salió un gallito, a Carlos no le salió ni siquiera un gallito, y no tuve más remedio que insistir con una voz que no he podido identificar en toda mi vida, pero que logró redimir un alma en ese antro de perdición, porque el mozo se puso buenísimo y regresó más bueno todavía con el champán más caro de mis conocimientos en la materia. La segunda alma redimida por mi falsa voz fue la del pianista. Era un tipo mucho más delgado que Atahualpa Yupanqui, pero cuyo prestigio, de existir, se basaba indudablemente en el hecho de que, visto de cerca, se parecía un montón a Atahualpa Yupanqui, visto de lejos. Nos sonrió con muchos dientes de oro y demasiada tristeza acumulada en el alma, y se arrancó con unas canciones latinoamericanas que jamás habían estado de moda en Latinoamérica, en épocas de las que Carlos y yo tuviésemos recuerdo. Pero era agradable el asunto, y aunque nos dejaba como un par de pelotudos, era más agradable aún comprobar que nuestro pavor había sido exclusivamente de origen lingüístico. En Lima, Caracas, Buenos Aires, o en Santiago de Compostela, el Valparaíso habría sido un bar de putas en castellano, con peligros en castellano, y con gente mucho más jodida que nosotros, en castellano también. Se podía uno tomar sus copas, emborracharse, pagar si es que tenía dinero, y éste era nuestro caso, todo en castellano. En fin, para qué andar muriéndose de miedo si, como hubiese dicho Carlos, estábamos nada más que en un bar de putas como en nuestra infame adolescencia. Y tal vez lo único verdaderamente peligroso, pensé, es que andamos cerca de los treinta años comportándonos como un par de niños infames y aprovechando la única ventaja que puede representarle París a un extranjero marginal e intelectual, a condición de que no trabaje de obrero, por supuesto: la de prolongar la adolescencia hasta que lo sorprenda la muerte.

Y no sé por qué, al terminar este pensamiento, por primera vez en mi vida, aquella noche en el Valparaíso se me escaparon tres palabras: Octavia de Cádiz.

"La vida exagerada de Martín Romaña"
Alfredo Bryce Echenique